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quarta-feira, 18 de fevereiro de 2015

De Velos y Pelos Al Viento

Centrar la crítica al dominio patriarcal sobre la corporalidad de las mujeres en la presencia del velo es miope. El problema no es el velo, así como no es la minifalda, ni los tacones, ni los tocados de plumas, ni los senos al aire, sino las narrativas construidas sobre la ropa o la falta de ella para consolidar una hegemonía disciplinar de los cuerpos femeninos y feminizados, así como los mecanismos de coerción que la legitiman. Al enfocar la crítica en las Mujeres se desvía la atención del quid del conflicto, cual es que, ante todo, es el hecho de ser mujer, "femenina" y no musulmana, lo que nos somete a políticas de control corporal.

La lectura de opresión sobre el velo es sólo una lectura posible, instalada como la "única verdad" por el androcentrismo y su potestad colonial para alterizar, categorizar y describir la realidad. En mi opinión, la pregunta no es ¿Por qué las mujeres usan velo? sino ¿Por qué es aceptable que nuestros cuerpos sean sometidos a políticas coercitivas de embodiment, en Europa o en Arabia Saudita?

Reducir las posibilidades de las mujeres a la ropa, aumenta la autoridad del falocentrismo para controlar cuerpos femeninos; con ello, se mantiene cautivo el cuerpo de la mujer como territorio de intervención discursiva, de ser “sólo un cuerpo”, legitimando la política disciplinar y negando la capacidad de resignificación a partir de las propias mujeres.

Toda imposición sobre el cuerpo de las mujeres es expresión de la negación de derechos en otros ámbitos de la vida social. El cuerpo es el territorio originario donde se reflejan, comienzan y terminan múltiples vulnerabilidades. La obligación de llevar velo o burqa, cuando ocurre, es expresión de la negación de la mujer como sujeto político. Alivianar la tela no significa que, automáticamente, se convierte a las mujeres en sujetos con plenos derechos.

Si hablamos de empoderar a las mujeres musulmanas, partamos por describir con justicia los contextos en los cuales se vulneran sus derechos; validemos sus lecturas sobre ellos, así como las narrativas que ellas mismas elaboran en cuanto a la corporalidad y el potencial de transformación de sus realidades, en vez de asumir de plano, que la ropa dice algo sobre quiénes son: ¿Por que insistir en escuchar al opresor si podemos dejar hablar a la "subalterna"?

La opresión es siempre interseccional. La ropa, o la falta de ella, no ha demostrado, hasta ahora, ayudar a reducir la vulnerabilidad de las mujeres y los cuerpos feminizados a la pobreza, la violencia doméstica, el feminicidio, el abuso sexual, la discriminación laboral y el tráfico de personas. Con o sin velo, con el pelo al viento o trenzado, el genocidio de género sigue en auge; nos siguen violando y traficando desde Buenos Aires a Dubai; por ser mujeres, no por ser musulmanas. La misoginia es democrática y no discrimina por raza, cultura o religión.

~ Vanessa Rivera de La fuente

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